Charles Manson, el Purgatorio, y la Divina Misericordia.

Charles Manson, el Purgatorio, y la Divina Misericordia.

 

CHARLES MANSON
     Hace unas semanas un amigo me mandó un mensaje por whatsapp en el que decía: «Ha muerto Charles Manson. Por lo menos le espera un largo purgatorio, junto con otros criminales«.
     Yo había escuchado algo en el telediario matinal, pero sinceramente no me paré a indagar sobre el asunto, cosa que, después del whatsapp sí hice. Sobretodo me llamaba la atención que mi amigo Agustín (así se llama), hubiese hecho referencia al Purgatorio, pues aunque ambos recibimos la misma formación religiosa en el colegio, él no hacía gala precisamente de una fe profunda; sin embargo, parecía tener muy claro el asunto a la vista de su mensaje.
     Investigué un poco sobre el sujeto fallecido. Se trataba de alguien que, directamente, no se había manchado las manos de sangre, pero que sin embargo planificó una serie de crímenes e instigó a los adeptos de su secta para que los cometiesen. Fueron crímenes horribles perpetrados con mucha saña y cargados de un odio visceral que conmocionó a la comunidad de Los Ángeles en el año 69. A esto se había unido un culto al mal arraigado a lo largo de su vida; eran frecuente verlo proclamar manifestaciones de todo tipo sembrando odio a todo lo que le rodeaba, y vanagloriándose de un ego llevado hasta lo más alto en una demostración de soberbia absoluta. Tampoco Hitler, que yo recuerde, se manchó directamente las manos de sangre, pero el mal diseñado, alentado y permitido por él trajo unas consecuencias que tristemente todos conocemos. 
     En una linea parecida, también recientemente hemos sabido del juicio a Slobodan Praljak, general croata responsable de horribles crímenes contra la humanidad en la guerra de Bosnia, y que en un alarde de arrogancia y desprecio se envenenó mortalmente ante el mismo tribunal  que lo juzgaba, tomando un líquido que escondía en su ropa,  mientras se leía su condena a 20 años de prisión.

SLOBODAN PRALJAK




     En estos casos, lo normal es pensar en estas almas como condenadas, fin último y eterno que leS espera a quienes se atrincheran en el mal de forma tan salvaje, pero, llegado a este punto, siempre recuerdo una conversación con el querido párroco Don Miguel Peinado Muñoz, en la cual argumentaba su visión escatológica sobre el Cielo. Don Miguel tenía una firme esperanza de que el infierno estuviese «muy vacío», y se alegraba con la posibilidad de que, en el Cielo, incluso pudiésemos encontrar a personas tan «humanamente condenadas» como el mismísimo Hitler, pues, ¿quién puede negar la salvación que Cristo ha traído a toda la humanidad?
     Entonces, cabe preguntarse: ante personas como Charles Manson ¿qué pasa con la Divina Misericordia? ¿tiene poder para llegar a rescatar esas almas? ¿depende la salvación de estas personas del Amor de Dios, o son ellos quienes tienen la última palabra? ¿en qué lugar queda la Justicia Divina si resulta que, siendo Dios tan bondadoso, finalmente todos nos salvamos? Tal vez la respuesta a estas preguntas está en la frase de mi amigo, tal vez el Purgatorio es, una vez más, una solución creada por Dios para que todos podamos beneficiarnos de su Divina Misericordia.
¿QUÉ ES EL PURGATORIO?
     Llegados a este punto, aclara mucho la propia descripción hecha por el Catecismo De la Iglesia Católica que define así el Purgatorio:
1030  «Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo.«


     El Purgatorio sería entonces un estado transitorio del alma que, aun salvada, necesita acoger la santidad necesaria para entrar en el Cielo. 
     Un paralelismo muy acertado define a los habitantes del Purgatorio como aquellos que, siendo invitados al mejor y más refinado banquete, y habiendo aceptado la invitación, sin embargo no tienen la vestimenta adecuada ni conocen los modales mínimos para participar dignamente de dicho banquete; por ello, necesitan (y ellos mismos piden) un tiempo adicional en el que poder prepararse ante el magnífico destino que les espera. Esta realidad es bien conocida por los conversos, aquellas personas que habiendo rechazado la fe o llevando una vida alejada, repentinamente por las circunstancias que sea sufren una profunda conversión. La reacción inmediata consiste en asumir lo lejos que están de la santidad, y se apresuran en su vida ordinaria a realizar los cambios necesarios para conocer más profundamente las verdades de fe y vivirlas en la mayor plenitud posible. Este mismo proceso es el que se da en el alma que se salva pero que no ha vivido la santidad plena en la tierra, y la duración e intensidad de dicho proceso depende precisamente de su alejamiento o cercanía a dicha santidad en el momento de su muerte.
     También aclara mucho la descripción que hacen aquellos místicos que han podido contemplar este escenario. En nuestro caso acudimos al diario Santa Faustina Kowalka que nos cuenta lo siguiente:
“Vi al Ángel de la Guarda que me dijo que le siguiera. En un momento me encontré en un lugar nebuloso, lleno de fuego, y había allí una multitud de almas sufrientes. Estas almas estaban orando con gran fervor, pero sin eficacia para ellas mismas; sólo nosotros podemos ayudarlas. Las llamas que las quemaban, a mí no me tocaban. Mi Ángel de la Guarda no me abandonó ni por un solo momento. Pregunté a estas almas cuál era su mayor tormento, y me contestaron unánimemente que su mayor tormento era la añoranza de Dios.
Vi a la Madre de Dios que visitaba a las almas en el purgatorio. Las almas le llaman ‘La estrella del mar’. Ella les trae alivio. Deseaba hablar más con ellas; sin embargo mi Ángel de la Guarda me hizo seña de salir. Salimos de esa cárcel de sufrimiento. [Oí una voz interior] que me dijo: Mi Misericordia no lo desea, pero la justicia lo exige. A partir de aquel momento me uno más estrechamente a las almas sufrientes”.
    Muchos teólogos describen el fuego del Purgatorio como la representación de una fuerte desazón espiritual, pues las almas que ya han acogido la Misericordia de Dios aunque sea en el último instante, ahora desean fervientemente su completa purificación para poder presentarse dignamente ante el Trono de Dios. Dicha purificación consiste en parte, como hemos dicho, en comprender y asumir plenamente aquellas verdades de fe que durante la vida en la tierra no se han vivido plenamente, así como un profundo arrepentimiento por todas las faltas cometidas y las consecuencias hacia el prójimo (a causa de nuestro pecado cometido o por el bien dejado de hacer negligentemente). Es por esto que se necesita un «tiempo» para que el alma comprenda esta realidad y la haga suya, lo que trae inevitablemente aparejado el arrepentimiento y dolor por dichas faltas, junto con la tremenda añoranza de la visión directa de Dios y la unión a otras almas queridas que le esperan en el Cielo.
    Este estado lleno de esperanza pero donde también hay sufrimiento espiritual es lo que conocemos como Purgatorio, y de ahí nuestro deber de orar por dichas almas, para que su proceso sea más eficaz y se acorte le llegada al destino eterno del Cielo.
    Una vez explicado esto, pueden surgir estos interrogantes:
     ¿Implica la existencia del Purgatorio la salvación para toda la humanidad?
     Por desgracia no. Como bien dice la definición del catecismo, en el Purgatorio se encuentran almas que han muerto en estado de amistad con Dios. Esto significa que la salvación implica necesariamente «querer salvarse», no despreciar la Misericordia de Dios, para lo que el alma debe arrepentirse de mal cometido. Es lo único estrictamente necesario, aun cuando sea en el último instante de vida, pero existe la posibilidad de que el hombre, haciendo mal uso de su libertad, rechace a Dios y se condene por toda la eternidad.
    ¿Qué tiene que ver en todo esto la Divina Misericordia?
     Bien, por un lado, todo lo que ha salido de las manos de Dios es fruto de su esencia misericordiosa, pero de forma directa podemos ver en el Purgatorio un mecanismo previsto por Él para que todos podamos llegar a la plenitud necesaria antes de entrar en el Cielo; por otro lado, el tiempo de estancia en el Purgatorio es claramente un recurso para hacer justicia respecto a la magnitud del pecado cometido. En nuestro ejemplo inicial, lógicamente, mi amigo Agustín acertó al pronosticar un largo Purgatorio para Charles Manson (si es que finalmente se acogió a la Misericordia Divina, cosa que no conocemos).
 
     ¿El Purgatorio sería una especie de segunda oportunidad para poder arrepentirse de las faltas cometidas? 
     No. Digamos que hace más eficaz el arrepentimiento que ya se ha producido y que sólo es posible durante la vida terrana o, en última instancia en el momento de la muerte, donde tan sólo hay que confiar en la Misericordia Divina.
     Alguien podrá pensar: entonces, una vez pasado el tiempo de Justicia…  ¿todas las almas acceden al mismo tipo de Cielo, será equiparable el hipotético Cielo de un Hitler arrepentido con que el que disfrutará Santa Faustina Kowaslka? 
     Evidentemente no. La vida de santidad en la tierra condiciona como hemos visto el tipo de Purgatorio, pero también el «tipo» de Cielo que cada uno disfrute en la eternidad. Esto se debe a que cada uno, con su capacidad de amar labrada a lo largo de su vida, se «construye» su capacidad de ascender a una santidad más elevada y con ello gozar de una mayor unión con Dios; así, una elevada santidad supone una mayor capacidad de gozar el Cielo y penetrar en los misterios divinos, por lo que, aunque todos serán saciados a una felicidad máxima, dicha capacidad de albergar el gozo eterno dependerá de la santidad y méritos adquiridos en vida. Se suele utilizar con frecuencia el símil de que «todos las copas serán llenadas hasta rebosar«, llegando todas las almas a la máxima plenitud de felicidad que les es posible a cada una, pero lógicamente, no todas las copas serán del mismo tamaño.
     ¿Podemos y debemos orar por las almas del Purgatorio?
     Evidentemente sí; es una obra de caridad y misericordia. La Iglesia siempre ha tenido muy presente esta sana devoción a orar por las ánimas, que es como se conoce normalmente a las almas que están en el Purgatorio. Precisamente noviembre es un mes en el que se les recuerda expresamente y se ofrecen oraciones e indulgencias para que esas almas, que pueden hacer mucho por nosotros, encuentren pronto el alivio y se acorte su tiempo de purificación, ya que ellas mismas, por sí solas, no pueden más que esperar a que llegue su tiempo de santificación total.
     ¿Pueden las almas del Purgatorio interceder por nosotros?
     Sí, y de una manera muy eficaz sus oraciones interceden por la Iglesia militante (los que estamos en vida). Es muy frecuente la «colaboración» que podemos observar en escritos sobre la vida de los santos, muchos de los cuales tenían en las almas del Purgatorio estupendos aliados que les ayudaban en momentos de especial dificultad en su vida terrena.
      Volvemos ahora  como ejemplo otro pasaje  muy clarificador en el diario de Santa Faustina, esta vez con una visión del alma de una hermana de la congregación que se hallaba en el Purgatorio y pedía oraciones:

Cuando llegamos al
noviciado, una hermana estaba muriendo. Unos días después vino esta hermana y me mandó ir a la Madre Maestra y pedirle que su confesor, el Padre Rospond, celebrara en su intención una Santa Misa y tres jaculatorias.
Al principio consentí, pero al día siguiente pensé que no iría a la Madre Maestra,
porque no entendía bien si había sido un sueño o realidad. Y no fue. La noche
siguiente se repitió lo mismo pero más claramente, no lo dudaba. No obstante a la
mañana siguiente decidí no decirlo a la Maestra, se lo diría sólo cuando la viera
durante el día. Un momento después la encontré en el pasillo [a aquella hermana 
fallecida], me reprochaba que no había ido en seguida y mi alma se llenó de gran
inquietud. Entonces fui inmediatamente a hablar con la Madre Maestra y le conté
todo lo que había sucedido. La Madre dijo que ella lo arreglaría. En seguida la paz
volvió a mi alma y tres días después aquella hermana vino y me dijo: “Dios se lo
pague.”



    Vemos pues la necesidad de oraciones, ofrendas e indulgencias que tienen las almas del Purgatorio, y cómo pueden manifestarse a personas determinadas de una u otra manera para pedir esta ayuda. Sin embargo, nuestras oraciones no siempre las favorecen directamente, pues Dios destina estas ayudas a quien considera oportuno en cada momento, y tiene en cuenta que algunas personas recibirán mucha más ayuda que otras, por lo que a veces, estas plegarias las destina precisamente a las más desfavorecidas. Es muy ilustrativo el siguiente pasaje, también del diario de santa Faustina:


     Una noche vino a visitarme una de nuestras hermanas que había muerto hacia dos
meses antes. Era una de las hermanas del primer coro. La vi en un estado terrible.
Toda en llamas, la cara dolorosamente torcida. La visión duró un breve instante y
desapareció. Un escalofrió traspasó mi alma y aunque no sabia dónde sufría, en el
purgatorio o en el infierno, no obstante redoblé mis plegarias por ella. La noche
siguiente vino de nuevo, pero la vi en un estado aun más espantoso, entre llamas
más terribles, en su cara se notaba la desesperación. Me sorprendí mucho que
después de las plegarias que había ofrecido por ella la vi en un estado más
espantoso y pregunté: ¿No te han ayudado nada mis rezos? Me contestó que no le
ayudaron nada mis rezos y que no le iban a ayudar. Pregunté: ¿Y las oraciones que
toda la Congregación ofreció por ti, tampoco te han ayudado? Me contestó que
nada. Aquellas oraciones fueron en provecho de otras almas. Y le dije: Si mis
plegarias no te ayudan nada, hermana, te ruego que no vengas a verme. Y
desapareció inmediatamente. Sin embargo yo no dejé de rezar. Después de algún
tiempo volvió a visitarme de noche, pero en un estado distinto. No estaba entre
llamas como antes y su rostro era radiante, los ojos brillaban de alegría y me dijo
que yo tenia el amor verdadero al prójimo, que muchas almas se aprovecharon de
mis plegarias y me animó a no dejar de interceder por las almas que sufrían en el
purgatorio y me dijo que ella no iba a permanecer ya por mucho tiempo en el
purgatorio. ¡Los juicios de Dios son verdaderamente misteriosos!


     


     Visto todo lo anterior se desprende que es especialmente importante el llamamiento a orar por las almas del Purgatorio; de hecho estas fueron las palabras de Jesús a Santa Faustina con motivo de su instrucción sobre la novena a la Divina Misericordia, donde le dice en el octavo día:



Hoy, tráeme a las almas que están en la cárcel del purgatorio y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Que los torrentes de mi sangre refresquen el ardor del purgatorio. Todas estas almas son muy amadas por mí. Ellas cumplen con el justo castigo que se debe a mi Justicia. Está en tu poder llevarles el alivio. Haz uso de todas las indulgencias del tesoro de mi Iglesia y ofrécelas en su nombre. Oh, si conocieras los tormentos que ellas sufren ofrecerías continuamente por ellas las limosnas del espíritu y saldarías las deudas que tienen con mi Justicia.


    Las palabras de Jesús no pueden ser más explícitas. 





Tomemos pues en serio todo esto y, para finalizar, me quedaría con dos recomendaciones importantes:

     
     PRIMERO: el no dar nunca una sola alma por desahuciada, pues tal vez nos sorprendamos en el más allá del gran número de almas que se han salvado en el último momento al haber vuelto su mirada al Corazón compasivo de Jesús. No dejemos de orar por aquellos que, aún en la tierra, llevan una vida desordenada fuertemente pecaminosa. Para ello os recuerdo otra petición de Jesús en la novena de la Divina Misericordia:
Hoy, tráeme a toda la humanidad y especialmente a todos los pecadores, y sumérgelos en el mar de mi misericordia. De esta forma, me consolarás de la amarga tristeza en que me sume la pérdida de las almas. (DÍA 1)
Hoy, tráeme a aquellos que no creen en Dios y aquellos que todavía no me conocen. También pensaba en ellos durante mi amarga pasión y su futuro celo consoló mi Corazón. Sumérgelos en el mar de mi misericordia. (DÍA 4)
      Que estas peticiones se conviertan en un motivo de mayor celo a la hora de pedir por los pecadores, especialmente los autores de las más graves faltas y que conviven con nosotros en nuestros días.


     SEGUNDO: ser especialmente fervorosos cuando sepamos de la muerte de algún conocido, para ayudarle en el tiempo que pudiera estar destinado a pasar en el Purgatorio. Esto se debe aplicar a quienes se relacionan directamente con nosotros y a quienes no, pues muchos de ellos los conocemos a través de los medios de comunicación,  y podemos intuir por su vida que el destino probable de su vida haya desembocado en el Purgatorio. Redoblemos especialmente las oraciones cuando se trate de personas especialmente contrarias a la Verdad y el Amor, y dejemos a Dios su Juicio. Tengamos en cuenta que nuestras oraciones siempre van a beneficiar a alguien, aunque no sea en un primer momento a aquellos por los que pedíamos, y seguro que indirectamente, también nos beneficiarán a nosotros.








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