Familia es… Servicio



     Los bebés son muy graciosos, pero el asunto del pañal huele… mal, muy mal. Los niños pequeños nos derritien con sus gracias, pero el día se hace muy largo y acabamos destrozados. Es una delicia ver crecer a un niño que se convierte en adolescente (qué guapetón/a), pero cuántos quebraderos de cabeza…. Y finalmente se van… Bueno, pues ¡menos mal que tenemos todo ésto! ¿no?

     La paternidad evidentemente te hace madurar (lástima si no es así), y la perspectiva de las cosas va cambiando. No sé en qué momento tuve la clara conciencia de que los hijos son para Dios, no para los padres, si bien es cierto que uno ya no deja de ser padre nunca (es decir, ni ahora ni después de esta vida). Por lo tanto, de alguna manera aprendemos a no aferrarnos tanto a la «posesión» del hijo, sabiendo que lo que hacemos es ponerlos en esta vida caminando hacia la otra Vida y colaborar con Dios en la obra creadora. Esto supone un privilegio y una enorme responsabilidad, por lo que decidir el número de hijos no es sencillo ni debe ser un asunto tomado a la ligera, ni en una dirección ni en la otra.
     Una vez que ya están aquí, teóricamente ya sabemos que debemos estar disponibles para todo, y son sus necesidades las que se imponen a las nuestras. Sin embargo ésto, que no siempre está reñido con el legítimo bienestar de los padres, a veces se nos olvida…


     Me pasó la otra noche una cosa muy graciosa con Manolito, el cuarto de nuestros cinco hijos y el único varón. Manolo es un niño muy bueno y simpático, guapo a rabiar, y que ahora, a sus tres años y medio tiene una media lengua hablando que te derrite de gracia.
     Llegada la hora de acostarnos los papás, deseando de llegar a la cama por el cansancio acumulado (imaginad esa mamá la de tarea que tiene en casa entre lavadoras, comida, compra, etc….), una vez que ya la pequeña de siete meses duerme bastante bien, ambos aspirábamos simplemente a descansar las justas horas que quedaban hasta que sonase el despertador…. y ¡qué menos después de la paliza de día! 
De modo que uno agarra la almohada con todas sus fuerzas como para comprimir el sueño y que no escape ni un ápice, pues la noche pasa fugaz…

      A las 4 de la mañana llegó Manolito, cosa muy inusual, diciendo que le duele la barriga y hay que llevarlo a hacer caca, asunto éste más largo que el pipí y con el riesgo de que con el ajetreo se despierte la pequeña. Tras el «tema», de nuevo el nene acostado en cama y el papá inmediatamente a intentar aprovechar las horas…
     En torno a las 4´30 aparece de nuevo con la misma historia. Otra vez en marcha y al baño, sólo que en esta ocasión, la caca no sale. Es evidente que se ha desvelado y simplemente está dando vueltas y llamando la atención, de modo que se lleva una ligera regañina y palmada en el culete, siempre lo suficientemente firme para que sepa que está mal, pero sin pasarme, y le advierto de que si vuelve otra vez y despierta a Marta, ¡lo llevaré al garaje! (ni loco, claro…)
     Intentando llegar a coger de nuevo el sueño, empiezo a pensar furioso algo así como «vaya leche con el niño, que esta noche le ha dado por fastidiar, como se vuelva a levantar verás…», pero inmediatamente «algo» me dice que he de ser paciente, que demasiado bueno es el niño y una noche ajetreada está dentro de lo normal. Así que esa «advertencia» sobre la necesidad de una dosis extra de paciencia empezó a ganar terreno ante la temida hipótesis de que el suceso volviese a repetirse…

   Y así fue: al rato volvió a aparecer el pobre, sabiendo que esta vez la regañona podría ser seria, así que consciente de la gravedad del asunto, me dijo muy sigiloso: «papá, sólo una caca muy corta«…. Y de la gracia con que lo dijo, se ganó un achuchón cariñoso y lo llevé de nuevo al baño. Solo que esta vez se confirmó que al pobre le dolía de verdad, pues se le descompuso el vientre. 
   Así que… la evidencia de las cosas a veces se impone: los padres debemos ser muy pacientes, porque ¿y si yo hubiese montado en cólera en la tercera «visita» cuando el chico ciertamente estaba molesto? 
    En fin, esto es así. Nuestro tiempo es para ellos, aunque nos cueste. Y al final, sin duda alguna, es esfuerzo se ve recompensado siempre.
     Chao!


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